EL RÉGIMEN DE SANTOS, LA
GUERRA Y LA PAZ
Es
muy diciente que el presidente Santos haya escogido a la Base Militar de
Tolemaida, como el lugar para hacer llegar a los colombianos el mensaje de
navidad. Puede indicar dos cosas: que está absolutamente decidido y dispuesto a
librar una guerra sin cuartel contra la guerrilla y que en este objetivo está
garantizado el éxito, aún en el corto o mediano plazo y por lo tanto, son las
fuerzas militares quienes deben estar, con sus decisiones, por encima de la política;
o que de lo que se trata es de advertirle a las propias fuerzas armadas y a la
población, que estamos avocados a sobrevivir en un conflicto interminable.
Dijo
el Presidente, no sé si como un reconocimiento de que la guerra no se está
ganando, que “la culebra de las Farc
sigue viva”; pero aún es más terrible la aceptación de que durante 2.010 han
sido “sacrificados” y asesinados “450
miembros de las Fuerzas Armadas y más de de 2 mil han sido heridos".
En la guerra de
Afganistán, en donde los estadounidenses tienen más de 30 mil soldados “élite”,
súper equipados y con toda la tecnología militar a su alcance, han sufrido
alrededor de 650 bajas durante 2.010. En la guerra de Irak, desde 2.003, han
tenido alrededor de 4.300 bajas, lo que representa un promedio de 614 bajas
anuales.
Si
las cifras de nuestros muertos de las fuerzas armadas son equiparables a los de
dos “verdaderas guerras”, ¿por qué algunos se empeñan en manifestar que nuestro
conflicto no es una guerra, sino el simple enfrentamiento del Estado a actores
delincuenciales narcoterroristas?
Esta
guerra nuestra es despiadada, cruel, degradada e inhumana, ¿pero qué guerra no
lo es? Cuando se reflexiona sobre la guerra, no es apropiado apelar a
categorías morales, que resultan intrascendentes o al menos inocuas en la
realidad.
Es
“políticamente correcto” decir que
hasta la guerra tiene límites; que las guerras y conflictos en la posmodernidad
se deberán ajustar al derecho de gentes, el derecho internacional, el derecho
internacional humanitario, los protocolos I y II de Ginebra y en general a los
postulados obligantes de los Derechos Humanos.
Pero
en la realidad, las guerras desbordan estos marcos éticos y morales y nos dejan
a los seres humanos al desnudo, mostrando lo que somos; y pareciera que la
guerra es una de las características esenciales de la condición humana. Sea
atribuible a nuestra condición humana o no, lo que hemos visto a través de la
historia, es que en la guerra es cuando exaltamos a las más altas expresiones lo
que nos queda del cerebro primitivo.
Cuando
los griegos se encontraban en el esplendor del Siglo V a. de n.e., el siglo de
Perícles, tiempo en que se empieza a fundamentar nuestra cultura occidental, ya
china había realizado un amplio recorrido milenario de cultura y conocimiento,
a más de guerras intestinas que se prolongaron hasta la hegemonía de la
dinastía Ching y la configuración (¿?) del estado nacional. Por esas calendas
del Siglo V, Sun Tzu [1],
destacaba que “el arte de la guerra se
basa en el engaño” y sobre este postulado fundamentó la primera obra de
estrategia militar conocida, El Arte de la Guerra, utilizada hoy también por
conflictólogos, gerentes y estrategas de mercado.
Todos
los guerreros, a partir de Sun Tzu, reconocen que es precisamente en el engaño
en donde reside el arte de la estrategia. Entonces, si en el fundamento de la
guerra se encuentra el engaño, la reflexión sobre la guerra no puede ser moral.
En la guerra vale todo, e históricamente los guerreros han apelado a todos los
medios posibles: infames y nobles; y a todas las artimañas y subterfugios para
engañar al enemigo y vencerlo.
Aunque
sí es “políticamente correcto” en
nuestro conflicto colombiano, señalar que las Farc ponen minas anti persona
censuradas por el DIH, toman rehenes y secuestran, utilizan cilindros y armas
no convencionales, realizan ejecuciones sumarias, basan sus finanzas en el
narcotráfico, el “boleteo” y las “vacunas”, reclutan menores y cometen
salvajadas de toda índole; en concordancia con Sun Tzu esta es la lógica de las
guerras, la lógica con que operan todos los actores, y la única diferencia, que
recurre más a razones de “legitimidad”, es la de que unos son la fuerza (¿violencia?) legítima del Estado y los
otros son los actores armados ilegales.
Fue
un “engaño”, por ejemplo, la acción de los guerrilleros del M-19 que
disfrazados de “atletas” se tomaron la Embajada de República Dominicana.
También fue un “engaño” de proporciones mayúsculas, la utilización de chalecos
del CICR en la Operación Jaque que concluyó exitosamente con la liberación de
varios secuestrados, entre ellos Ingrid Betancourt. Estas son apenas unas
pequeñas muestras del arte del engaño y de que, finalmente, como dicen por ahí,
que en la guerra y en el amor todo vale.
Clausewitz,
[2] ya no habla de “engaño” sino de que “la
guerra constituye, por tanto, un acto de fuerza que se lleva a cabo para
obligar al adversario a acatar nuestra voluntad” y que para ello, “se recurre a las creaciones del arte y de la
ciencia”. Es en este sentido, que avances en la ciencia y las artes, son
utilizadas para el “engaño” moderno.
Y
es la guerra, además, un juego cargado de azar, buena suerte y osadía, intrepidez,
cálculo. Dice Clausewitz que “de todas
las ramas de la actividad humana, sea la guerra la que más se parece a un juego
de cartas”. Son los ludópatas de esta especie, a quienes jamás los pueblos
deben poner en la dirección de los Estados.
La
definición clásica de Clausewitz, de que la “guerra
es la continuación de la política por otros medios”, hace de la guerra la
razón de ser de muchos estadistas, políticos y legisladores, que ante ausencia
de razones o poseedores de espíritu imperial, carácter bélico y caprichos,
cuando no por simple ludopatía, llaman a la guerra como si esta fuera un juego
de niños.
Si
la guerra es la continuación de la política por otros medios, ¿cuáles son esos Medios? Recuerdo un pasaje del
Quijote, en donde resulta apaleado y malherido, y él, henchido de orgullo, dice
que lo que ha sufrido no es una derrota, porque por ejemplo, si un zapatero da
a otro con las hormas de hacer zapatos, no por ello puede decirse que lo ha
apaleado, así como él, que ha sido vencido por armas impropias de la
caballería. Ni siquiera el bueno de Alonso Quijano se salvó de ser vencido por
armas innobles. ¿Acuerdos humanitarios? ¡Sí!, ¿Humanización del conflicto?
¡Sí!, ¿Aplicación del DIH? ¡Sí!, pero de los guerreros de todos los pelambres
no se puede esperar nada, o para no ser tan pesimistas, poco. El ex presidente
López se fue a la tumba sin que se le pararan mayores bolas. Esos Medios son
cualesquiera que sean útiles para golpear, disminuir, frenar y acobardar al
enemigo: nobles e innobles, lícitos e ilícitos, pacíficos y violentos,
artesanales y de alta tecnología, “propaganda armada” y utilización de los
medios masivos de comunicación, terrorismo puro y acciones “educativas”.
A
mi juicio, el mejor alumno de Sun Tzu y de Clausewitz, fue Mao Zedong, quien
desde principios de la década de los veinte, hasta finales de los cuarenta del
siglo pasado, condujo una guerra prolongada primero contra el Kuomintang y
luego la resistencia contra la invasión japonesa y que culmina con el triunfo
de la Revolución China en 1949.
Las
guerras subsiguientes de indochina de
los años cincuenta hasta mediados de los setenta, que produjeron grandes
derrotas, primero a la Francia colonialista y luego a Estados Unidos, se
sustentaron en las concepciones de Mao sobre la guerra prolongada.
Si
bien es cierto que ni las Farc, ni las Fuerzas Armadas colombianas, asumen
nuestro conflicto como una guerra prolongada, en la práctica, eso es lo que es
y no puede ser de otra manera una guerra que va para cincuenta años, si tomamos
como referencia la creación de las Farc.
Pero
además, no tengo pruebas pero lo presumo por deducción lógica, que tanto en las
Farc, como en la oficialidad de nuestras fuerzas armadas, debe existir una
“Cátedra” que se llame algo así como Guerra Popular, Guerra Prolongada, Sun Tzu, Clausewitz, Mao, etc.
Miren
de lo que se trata esta guerra, a partir de Mao, siguiendo a Sun Tzu y
Clausewitz:
· “Asestar golpes primero a las fuerzas enemigas dispersas y aisladas, y
luego a las fuerzas enemigas concentradas y poderosas.
· Tener por objetivo principal el aniquilamiento de la fuerza viva del
enemigo y no el mantenimiento o conquista de ciudades o territorios.
· El mantenimiento o conquista de una ciudad o un territorio es el
resultado del aniquilamiento de la fuerza viva del enemigo, y, a menudo, una
ciudad o territorio puede ser mantenido o conquistado en definitiva sólo
después de cambiar de manos repetidas veces.
· En cada batalla, concentrar fuerzas absolutamente superiores (dos, tres,
cuatro y en ocasiones hasta cinco o seis veces las fuerzas del enemigo), cercar
totalmente las fuerzas enemigas y procurar aniquilarlas por completo, sin dejar
que nadie se escape de la red.
· En circunstancias especiales, usar el método de asestar golpes
demoledores al enemigo, esto es, concentrar todas nuestras fuerzas para hacer
un ataque frontal y un ataque sobre uno o ambos flancos del enemigo, con el
propósito de aniquilar una parte de sus tropas y desbaratar la otra, de modo
que nuestro ejército pueda trasladar rápidamente sus fuerzas para aplastar
otras tropas enemigas.
· Hacer lo posible para evitar las batallas de desgaste, en las que lo
ganado no compensa lo perdido o sólo resulta equivalente” [3].
· “Sin preparación, la superioridad de fuerzas no es superioridad real ni
puede haber tampoco iniciativa. Sabiendo esta verdad, una fuerza inferior pero
bien preparada, a menudo puede derrotar a una fuerza enemiga superior mediante
ataques por sorpresa.
· La guerra es la continuación de la política por otros medios. Cuando la
política llega a cierta etapa de su desarrollo, más allá de la cual no puede
proseguir por los medios habituales, estalla la guerra para barrer el obstáculo
del camino. (...) Cuando sea eliminado el obstáculo y conseguido nuestro
objetivo político, terminará la guerra.
· Luchar, fracasar, volver a luchar, fracasar de nuevo volver otra vez a
luchar, y así hasta la victoria”. [4]
· “Los mandos y combatientes de ningún modo deben relajar ni en lo más
mínimo su voluntad de combate; toda idea que tienda a relajar la voluntad de
combate o a subestimar al enemigo, es errónea”[5]
Se podría argumentar que hoy se ha
llegado al fin de los enfrentamientos bélicos de fuerzas irregulares frente a
los Estados, por cuanto existen armas tanto de ofensiva como defensivas
inteligentes, no tripuladas, GPS, bombas inteligentes, medios de espionaje de
alta tecnología, armas de ataque por sorpresa con visión nocturna e
identificación de movimientos humanos con base en las emisiones calóricas, la ciberwar y la netwar y quién sabe qué adelantos más que permanecen ocultos y
parecen de ciencia ficción.
Pero resulta que cada nueva invención y
avance bélico, trae aparejada su contra, que puede ser artesanal o de alta
tecnología. Las Falanges macedónicas invencibles en su momento, resultaron
ineficaces frente a una carga de caballería, así como ésta es débil frente a
artilleros, ballesteros, arqueros, fusileros y cañoneros. Todas las épocas han
contado con sus respectivas armas, sistemas y tecnologías para hacer la guerra
ofensiva y/o defensiva.
La guerra, o mejor, las guerras han sido
una realidad y lo serán quien sabe hasta cuándo. Sólo los Dioses
judeo-cristiano e islámico lo saben. La Paz, o mejor, las paces han sido
siempre una idea subordinada a las guerras, que a veces, por cortos periodos de
tiempo se impone. Es decir, no se trata de asumir una idea moral y bobalicona
sobre la guerra y la paz, pero sí corresponde a un nuevo humanismo contribuir
al desestímulo de los clarines que llaman a la guerra.
A mi juicio, nuestro presidente Juan
Manuel Santos tiene la magnífica oportunidad histórica de abrir las compuertas
para un proceso de paz. Cuenta con una favorabilidad por encima de la que
disfrutó el ex presidente Uribe en sus mejores momentos, pero además él es un “Guerrero”,
como que fue Cadete Naval y de lo cual se ufana; como Ministro de Defensa del
régimen anterior aprendió a perfeccionar su paso militar y hoy se encuentra
feliz, por cuanto su hijo mayor ingresa a la carrera militar. Por su parte, las
Farc también cuentan con varios Guerreros y no eran solo Marulanda y Jojoy;
tienen varios que dan la talla. ¡Que se sienten los Guerreros a hablar de Paz!
Una magnífica experiencia y lección la
pueden encontrar en el proceso de paz en El Salvador, un país del tamaño y población
del Valle del Cauca, que entre principios de la década del los 70 y principios
de los 90 del siglo pasado padeció la más cruenta guerra civil no declarada,
que produjo la muerte a por lo menos el 2% de su población. La paz la pactaron
el presidente José Napoleón Duarte, un civil que fue complaciente con las
atrocidades de fuerzas paramilitares y de las propias fuerzas armadas
salvadoreñas, que entre otros crímenes atroces, como masacres y genocidios,
habían asesinado a Monseñor Arnulfo Romero.
Merece la pena destacar que entre los
acuerdos alcanzados entre el gobierno y el FMLN, figuran logros que parecían
imposibles de alcanzar por la crudeza de la guerra, como son poner fin al
conflicto armado por la vía política, la prácticamente disolución de las
fuerzas armadas, la desmovilización y desarme de las partes contendientes, la
depuración de los oficiales comprometidos en violaciones de los derechos
humanos, el desmonte de los grupos paramilitares, la creación de una Policía
Nacional Civil con la incorporación de miembros del FMLN y la aceptación por
las partes de la supervisión de la ONU.
Creo que vale la pena que se tome en
cuenta esta experiencia, que se estudie por parte tanto de las Farc, como por
el Estado y Gobierno, así como también por quienes estamos interesados en
actuar proactivamente por la paz y reconciliación para nuestro terruño.
_________________________
[1] SUN TZU, El Arte
de la Guerra.
[2] CLAUSEWITZ, Carl
Von. Arte y Ciencia de la Guerra.
[3] MAO TSE TUNG. La
situación actual y nuestras tareas. (25 de diciembre de 1947), Obras Escogidas,
t. IV
[4] IBID. Desechar las
ilusiones, prepararse para la lucha (14 de agosto de 1949), Obras Escogidas, t.
IV.
[5] Informe ante la II
Sesión Plenaria del Comité Central elegido en el VII Congreso Nacional del
Partido Comunista de China (5 de enero de 1949), Obras Escogidas, t. IV.
Diciembre de 2010
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